30 noviembre, 2006

El camino de los ingleses


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Mañana 1 de Diciembre se estrena la segunda película, como director, de nuestro paisano Antonio Banderas.

Está basada en la novela del mismo nombre que fue premiada con el Nadal del año 2004. Algo que no debería sorprendernos, más si tenemos en cuenta que su autor Antonio Soler cuenta en su haber con numerosos premios en su trayectoria literaria.

La historia nos cuenta un verano en Málaga. Un verano de hace unos 23 años. A través de los recuerdos nos llevará a conocer a unos personajes comunes, con los que será muy posible que nos podamos sentir identificados, sobre todo si nos remontamos a las edades que en aquellos años tenían sus protagonistas. Adolescentes al final de esa etapa que viven, un poco con miedo y un poco con expectación, los cambios que le traerá su edad adulta.

Pero no sólo ellos estarán inmersos en un proceso de cambio inexorable. También muchos adultos, relacionados con ellos, vivirán un verano de tránsito en sus vidas. Quizá ese verano que todos hemos vivido en el que ocurrieron tantas cosas, aparentemente intranscendentes, pero que rememorándola años después comprendemos que nos llevaron a seguir un camino en la vida distinto del que podría haber sido de no haber ocurrido. Ni mejor ni peor, sólo distinto.

La nostalgia del narrador del relato, posiblemente su propio autor, nos lleva a través de una ciudad que, en el día de hoy, ha cambiado mucho, como nosotros, como los protagonistas del relato.



Lejos quedan los primeros amores de Luli Gigante y Miguelito Dávila, la fascinación inconfesable que ejercía la tía del Babirusa o la señorita del casco cartaginés, el asombro ante las juergas del padre de Paco Frontón o la cantidad de bobadas que hacía Rafi Ayala antes de alistarse en el ejército...

Un ejercicio para la memoria tanto de sentimientos como de personas, que con diferentes nombres, pudieron ser como los actores de esta obra. Esos amigos que poco a poco se van alejando de nuestra vida, esos amores que lentamente van desapareciendo. Una magnífica novela para quien desee volver a vivir una parte de si mismos ya lejana. Y un fantástico túnel del tiempo para quienes, como yo, conocimos esas calles y esos lugares, hoy tan cambiados como nosotros mismos.

"Pero soñar es fácil y vivir es difícil...” se lee en la sinopsis de El camino de los ingleses. Eso es lo que descubren los jóvenes protagonistas de este filme, un viaje de iniciación que asiste al final de la inocencia en un verano tan hermoso como fatídico.

Banderas define su película como "un bicho raro", que jamás se hubiera podido hacer en Hollywood y un filme "de largo recorrido". Entiende que él mismo y lo que conlleva su nombre es "el principal enemigo de la película", pues "la gente va a pensar: ahí está el guaperas de Hollywood que viene a rodar aquí".



Situado en los últimos años setenta, el verano al que nos traslada El camino de los ingleses coincide con el final de la adolescencia de los responsables del filme, que son en verdad tres Antonios –Banderas, el director; Soler, el escritor, y Melievo, el productor y músico–, y que miran hacia atrás con nostalgia pero también con ira por el estío malagueño que se fue y de lo que allí acontenció. “Es una película sobre la muerte –sostiene Banderas–. No tanto de la muerte física como de las muertes de las etapas de la vida”. De la reconstrucción textual y lírica de aquellos meses crepusculares hay que pasarle cuentas a Soler, guionista de su propia novela (Premio Nadal en 2004); mas de su traslación en imágenes sólo es responsable nuestro actor más internacional. Con esta su segunda incursión detrás de la cámara, Antonio Banderas realiza un viaje de regreso al origen de sí mismo como artista: “Esta película es volver a Málaga, volver a los 70 y al estado en el que me encontraba”.

Desde las primeras imágenes del film, una operación quirúrgica envuelta en el halo onírico del recuerdo o la alucinación, la película busca intencionadamente arrastrar al espectador a un universo que se aleja de cualquier sustrato realista para internarse en las lindes de la poesía y el experimento. “No he tratado de hacer una película costumbrista o neorrealista. Desde el principio le dije a Xavi [Giménez, director de fotografía] que teníamos que fotografiar los recuerdos y los pensamientos”, argumenta Banderas. Un propósito sin duda audaz y ambicioso, desde cuya altura se lanza el actor español con determinación y sin miedo (como siempre ha hecho a lo largo de su carrera) a lo que vaya a encontrar al final de la caída.

El mundo interior
Los recuerdos, pertenecientes sobre todo al personaje Miguelito Dávila (Alberto Amarilla), se suceden en la pantalla saltando de un personaje a otro, transformados en imágenes que tienen por propósito transmitir el mundo interior de éstos. El riesgo que se corre con toda intervención en la imagen, bien sea proporcionando una cualidad fantástica a colores, luces y encuadres, bien sea con un montaje de atracción, es que, en el peor de los casos, y dependiendo de la sensibilidad y talentos implicados, el resultado adquiera un carácter hueco y ampuloso, más propio de una experiencia video-artística que cinematográfica.

Desgraciadamente, el fluir de las imágenes en El camino de los ingleses derrocha más sofisticación que arte, más psicología que alma. Así, una escena de éxtasis colectivo bajo la lluvia de verano, llamada a perpetuar la sensación de belleza y juventud, se convierte, por obra y gracia del ralentizado, en un anuncio de jeans resistentes al agua. Los pensamientos que quiere filmar Banderas remiten a un muy presente texto en off, reflexiones de calado poético que parecen directamente extraídas de su origen literario, y que en combinación con la artificialidad de las imágenes forman un flujo engorroso de metáforas casi inescrutables, de difícil digestión en un primer visionado.

La película apuesta por una narrativa distinta –explica su director–. Más que acelerar el ritmo de las líneas argumentales, busca la melodía”. Hay en la deconstrucción narrativa de El camino de los ingleses una encomiable voluntad de trascender y encontrar un estado de ánimo, una intención de búsqueda que acaso deberían imitar otros cineastas españoles largamente apoltronados en sus glorias pasadas. Banderas apuesta por el cine sensitivo frente al cine anclado en las fórmulas. En esta celebración sensorial para plasmar los placeres vividos al límite que viven Miguelito y su cuadrilla de amigos, determinados a exprimir lo máximo del sexo, de la amistad, el amor y la violencia, se adivina el culto que profesa Banderas a autores como Fellini (la fantasía de la memoria), Bob Fosse (la subjetividad de la representación), Wong Kar-wai (la sensualidad y el romanticismo desgarrador) o Almodóvar (la estética del colorido), pero la amalgama de esas deudas cinematográficas adquiridas no cuajan en la emoción narrativa, el talante hipnótico o la conmoción estética pretendidos.

Exceso de formas
A pesar de que el filme muestra su extraña cara ya en los primeros instantes; a pesar de las brillantes ideas en su interior; a pesar de la penetrante y hermosa atmósfera musical que le sobrevuela, a la postre la propuesta se resiente de un exceso en las formas que logra asfixiar, casi anular las historias implicadas y los personajes que las protagonizan (interpretados con solvencia y energía, especialmente Raúl Arévalo, por actores casi desconocidos). Como dice Banderas, “la película aísla a los personajes en una burbuja atemporal”, y efectivamente logra conferir a estos de una cualidad etérea y fantasmal (sobre todo las presencias satélites al grupo, las de Fran Perea, Victoria Abril y Juan Diego), aunque esa misma cualidad les condene al esbozo y a la dificultdad de involucrarnos con ellos.

Sobrevive un sentimiento de desencanto en esta regresión que propone Antonio Banderas a la adolescencia. La tragedia va adueñándose de la pantalla hasta una catártica noche de tormenta. “Hemos tratado de hacer poesía de la fatalidad, del destino, de lo oscuro...”, que inevitablemente convierte a los personajes, todos peleados con su futuro, en peleles de sus fantasías. Acaso como le ocurre a la propia película, víctima final de la voracidad de sus sueños y delirios.
Carlos Reviriego


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En la presentación de la película, el pasado día 24, en un abarrotado Teatro Cervantes, el cineasta malagueño recordó que el escudo de su ciudad natal luce la leyenda 'La primera en el peligro de la libertad', y este pensamiento, el del 'peligro de la libertad', ha sido 'el impulso para hacer esta película'.

Confesó que le atrajo la 'poderosa y enigmática narrativa' de Antonio Soler, que ha sido el encargado de escribir también su adaptación al cine.

Por último, agradeció su colaboración a su equipo, a Málaga -ciudad donde se desarrolló la práctica totalidad del rodaje- y a los actores, jóvenes en su mayoría entre los que se mostró convencido de que se encuentra 'buena parte del futuro del cine español'.

Banderas ha señalado que su andadura como director llega 'como resultado de muchos años de trabajo como actor'. 'Cuando uno empieza a plantearse enfrente del director que no haría las cosas así, lo más honesto es marcharse detrás de la cámara y empezar a relatar el mundo como uno lo ve', subrayó el malagueño, que aseguró que ha conseguido 'una película mejor que la que había soñado'.

El personaje central de 'El Camino de los Ingleses' es Miguelito Dávila (Alberto Amarilla), un joven aspirante a poeta que lee la 'Divina Comedia' de Dante y convierte a Luli Gigante (María Ruiz) en su Beatrice particular.

Miguelito y los demás de su pandilla, Paco Frontón (Félix Gómez), Babirusa (Raúl Arévalo), Moratalla (Mario Casas), La Cuerpo (Marta Nieto) y La Gorda de La Cala (Berta de la Dehesa) viven el verano del fin de la inocencia en el que quizás podrán descubrir adónde les lleva ese Camino de los Ingleses.

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1 Comentarios:

El sábado, diciembre 09, 2006 4:46:00 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

El otro día fui al cine con mi mujer a ver "El Camino de los Ingleses", y la impresión que me llevé de la película puede que resulte un poco contradictoria, como la que nos transmite el artículo que sirve de anotación a este comentario.
Toyi me sirvió un poco de "intérprete", porque el acento malagueño (un pelín forzado en ocasiones) y la mala acústica de la Sala (una de las pequeñas del "Albéniz") no ayudaban mucho a entender lo que se decía en la pantalla.
De todas formas la película de nuestros paisanos (Banderas, el director, y Soler, el guionista) casi podía llegar a entenderse sin oír puntualmente lo que decían en cada momento los personajes, porque se trata de una película que, antes que nada, transmite vivencias, impresiones, sentimientos, en un lenguaje audiovisual antes que hablado, pleno de fotografía, gestos, entornos...
Como dijo su director, es una apuesta "arriesgada", para un circuito comercial, se entiende. Porque la película parece accesible más bien a un público minoritario, ajeno a los patrones cinematográficos al uso.
No obstante, mi interés, avivado por el de mi esposa, que fue lectora entusiasta de la novela de Soler, venía resaltado por el hecho del paisanaje, el de estar rodada por malagueños (y parece que "para" malagueños), Y EN MÁLAGA fundamentalmente.
Los actores, en general, están más que bien, plantados con mucho oficio; y el guión se sitúa entre lo literario y lo cinematográfico...
Banderas se aferra a sus vivencias de juventud para presentarnos unos caminos que se insinúan en un primer momento repletos de expectativas, para finalmente truncarse, ahogados bajo una lluvia copiosa, con una música de fondo suave, repetitiva, evocadora.
Se trata de sueños rotos, sobre todo porque fueron forjados con un material de ensueño que no resistió el primer soplo de la vida real, su lógica implacable, esfumándose para siempre, evaporados sin vuelta atrás.
Ese "camino de los ingleses" que no parece tener un final desde la perspectiva en que aparece enfocado, termina cortado abruptamente por tener que adaptarse los personajes a algo que les viene de afuera, que consigue dominarles, que les roba toda la ilusión para apropiarse de ella. Y ésa es la muerte, el cementerio al que van a parar tales ilusiones.
Poesía de la nostalgia, que se nota en el texto y se lleva a la imagen.
No hay en el film, en cambio, una trama que se apodere de nuestra atención para llevarla desde el planteamiento al desenlace, sin permitirle un respiro; por eso no es de esa clase de películas a las que estemos habituados.
Ni Banderas ni Soler están interesados por el detalle en concreto que confiere lógica al desarrollo material de la historia. Se ocupan sobre todo de la emoción que envuelve el corazón del personaje.
Desde ese punto de vista, si uno pretende "pasárselo bien" con la película, ésta quizás puede resultar algo aburrida.
No obstante, me pareció una apuesta de gente con talento que busca expresarse en un lenguaje que no esté del todo trillado en eso del cine... y con una buena producción.

 

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